Iglesia Anglocatólica



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La vida monastica en la ciudad

¿El monaquismo urbano funciona? ¿Qué es un eremita urbano? ¿Cómo, y porqué razón, vivir un solitario estilo de vida monástico en medio de la ciudad? ¿Quiénes son estas personas?


A lo largo de los siglos se han dado novedosas formas y expresiones de vida monástica, tanto en la tradición cristiana de oriente como en la de occidente. Y las mismas continúan desarrollándose en la actualidad, en el nuevo paisaje del mundo moderno, en donde la vida del eremita –la del monje en soledad- no se limita al entorno rural sino que halla su lugar en la ciudad. Los monjes y monjas de los siglos XX y XXI serán eremitas y cenobitas, vivirán en comunidades y en soledad, en el campo y en la ciudad.


La vida monástica solo tiene una regla:el evangelio de nuestro Señor Jesucristo.El objetivo y propósito de la vía monástica es la unión con Dios, la unificación de la persona, la salvación humana, la iluminación y la sabiduría; en una palabra: la felicidad. Por lo tanto, la vida monástica en todo tiempo y en todo lugar es un esfuerzo comprometido y consagrado a vivir fielmente los preceptos de Cristo. La vocación monástica surge cuando sea y donde sea como respuesta directa al llamado de la gracia. El eremita urbano se halla inmerso en los tesoros de la tradición monástica, es una expresión integral en el aquí y ahora de esa misma tradición.


La oración, el trabajo, la pobreza y la simplicidad son el fundamento de un corazón monástico. Ya sea solo -como un solitario o eremita- o estando en medio de una comunidad, el camino del monje (mujer u hombre) es estar inmersos en Dios, concentrados en el evangelio de Cristo: viviendo su vida, respirando su aliento; es estar empapados de los eternos absolutos sobre los que no existen dudas, ni geografía delimitada; ni barreras de edad, tiempo, lugar, cultura o condición.


El desierto es la tierra desolada y salvaje; la árida soledad y el profundo silencio. El desierto es la reclusión en donde el monje busca, en la oración y la penitencia, el vaciamiento de sí mismo (kénosis), la libre renuncia a los deseos egoístas; es ahí en donde se esfuerza por el vaciamiento interior a la espera del tiempo de Dios (kairós), de la manifestación de la gracia divina.


El eremita urbano es un tipo de monje entre los muchos que existen. Y tal como los monjes de todas partes, está consagrado a Dios a través de votos o de promesas sagradas, sean públicas o privadas, temporales o perpetuas. Y están formuladas de manera tradicional, con la pobreza, castidad, obediencia y estabilidad; o puede que estén expuestas bajo novedosas formas creativas. Pero el significado es el mismo. El monje es uno, consagrado, ofrecido, entregado al completo servicio a Dios; inalterable en su amor, lleno de una extensiva caridad que define su corazón como un amante del Señor y compasivo con sus criaturas.


El amor sostiene al estilo de vida de la vocación monástica. El monaquismo es una vida de unión y de unidad, de comunión y de comunidad, de silencio y de soledad, de profundidad y diversidad. El amor es el llamado; el amor, la vocación; el amor es la senda, la vía, el significado y la recompensa.


Dios, y no un inventor humano, es quien hace a los monjes. Y él los hace cuando y dondequiera que le plazca. Cuando toda la concentración del corazón se fija en Dios, la vía monástica puede urdir un extraño hilo. Puede que ya no se trate del mismo sueño que uno inicialmente tuviese al embarcarse en la travesía monástica. Tal como se despliega la vida, así también lo hace el llamado de Dios. La consagración, la dedicación, la inmersión en Cristo, esto es lo que permanece; todo lo demás es circunstancial.


Por lo tanto, a medida que la gracia de Dios se despliega en la humana historia de una persona, la delicada afinación de una vocación monástica se va ajustando al individuo. En otras palabras, quienes somos y lo que somos a partir de la mano de Dios y del vientre de nuestra madre, finalmente dictamina quienes tenemos que ser y lo que tenemos que ser. El misterio de la santificación a veces se ve condicionado por la transición, pero siempre y en todo lugar descansa en manos de Dios. Ser consagrado significa vivir en presencia de Dios, centrarse en él, dedicarse a él y pertenecerle a él, sin que importen las condiciones de vida que –después de todo- son solo un entorno y no la esencia de la vocación monástica. No es sorprendente, entonces (no debiera serlo), que encontremos monjes y monjas viviendo solos en la ciudad, a años de distancia y a kilómetros de donde comenzó su travesía monástica. También esto es parte del misterio de salvación.


La bella Regla de Vida, creada hace casi veinte años atrás por el P. Pierre-Marie Delfieux para la Comunidad de Jerusalén –monjes de la ciudad- dice:


[…] Vos podés vivir en el corazón de Dios estando en el corazón de la ciudad, pues ésta también es su lugar de morada. Sé un monje o una monja en el corazón mismo de la ciudad de Dios” (N°128).

Y esto es verdad tanto para los individuos como para las comunidades. Ante la falta de un soporte financiero que pueda concederle la ilusión de seguridad y confianza a la vez que posibilitarle una separación total del mundo, el eremita urbano tiene que salir todos los días a enfrentar las molestias y el bullicio de la ciudad tan solo para poder vivir. Y es exactamente así como tiene que ser. Ser “un monje o una monja en el corazón mismo de la ciudad de Dios” es trabajar en medio de la humanidad, sufrir los problemas y dificultades del trabajo, la disciplina de las tareas que son parte del lugar de empleo. Trabajar en el mundo real no es una distracción; es, más bien, un llamado al imperativo más generoso y absoluto: centrarse en el corazón, volverse hacia el interior a la vez que se permanece en la labor del exterior. No hay ninguna dualidad en este proceso. Se trata de un acto de unificación, parte y parcela de la experiencia monástica:laborare et orare.


La tarea de equilibrar la contemplativa vida interna con el trabajo exterior, estando uno en el centro de la ciudad, requiere de una perseverancia particular. Al principio parecerá imposible permanecer como contemplativo en la agitada atmósfera de la ciudad. Pero, no, no es imposible. El corazón clama a Dios: “Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten misericordia de mí, un pecador”, y va aprendiendo, poco a poco, a rezar con facilidad en medio de la ruidosa actividad y del salvaje frenesí de la ciudad. Con el tiempo, el monje en el mundo comprende que el más profundo centro es la propia fortaleza impenetrable de alegría, fe, espíritu y vida.


No existe ninguna protección excepto Dios para el eremita urbano que vive y descansa en el mundo real, en medio de una realidad tan dura y desnuda como siempre lo fue el corazón del desierto. Como los Padres y Madres del Desierto, el eremita urbano sabe del aislamiento y de la amenaza de lo salvaje, del rugir de las bestias y de la tentación al corazón. Encontrar la paz en la ciudad es caminar con Dios en el centro más profundo del propio ser.



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Rev. Cristian (OSB)

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