Iglesia Anglocatólica



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El Trabajo de un Monje Urbano

El eremita urbano, atado al trabajo por las mismas necesidades que caracterizan a todas las personas, será afortunado si puede obtener su sustento diario realizando tareas en su casa, dentro de la poustinia; pero no siempre sucede así. De hecho, raramente es algo posible. El monje que está en el mundo debe aprender a acomodarse para trabajar bajo las condiciones propias de una determinada profesión o en cualquier otro lugar, ya se trate de una tarea manual o intelectual. El trabajo reúne al monje con personas de todo tiempo y lugar. “Comerás el pan con el sudor de tu frente” (Gn 3.19); con el tiempo, el propio trabajo será dulce para el monje, pues no es sino otra expresión del canto interior del corazón: “Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.


Se dice que el hábito no hace al monje. Tampoco el trabajo lo hace. Lo esencial en la espiritualidad monástica es que el trabajo y cualquier otra dimensión de la vida se caractericen por un espíritu interno de recogimiento, de pureza de intención y de plena atención. El trabajo es un proceso de santificación, no una distracción. Al ir cada vez más a lo profundo de la fe para realizar adecuadamente la propia tarea, tanto el trabajo como el trabajador se verán inmersos y bañados por la luz de la presencia divina. De esta manera, el monje que está en el mercado se encuentra como en casa en el mundo de Dios.


En Contemplation in a World of Action, Thomas Merton escribió hace décadas atrás lo que quizás haya sido el preludio de los monjes en el mundo de hoy: “¿Realmente elegimos entre el mundo y Cristo como si fueran dos realidades en conflicto totalmente opuestas? ¿O elegimos a Cristo al elegir al mundo tal como es en él; es decir, creado y redimido por él? ¿Realmente renunciamos a nosotros mismos y al mundo para hallar a Cristo, o renunciamos a nuestro ser alienado y falso para elegir nuestra más profunda verdad al elegir tanto al mundo como a Cristo al mismo tiempo?”


El eremita urbano, ya sea inmerso en la soledad o en la labor fuera de su ermita, busca integrar la vida contemplativa de la poustinia con el mercado en donde se gana la vida. La renuncia al falso ser y la trascendencia del espíritu de este mundo, a través de la práctica interior de recogimiento y de la oración contemplativa, purifican el corazón y transforman el mejor esfuerzo en una pacífica armonía que define el correcto modo de sustento.


El monje es llamado por Dios a vivir solo en él: monos|monachos = uno|solo|solitario. Estando en comunidad o en su ermita, el monje se esfuerza por ser alguien con un solo punto de concentración [focus]. Dentro del mercado, el monje es vivo testimonio de la santidad del trabajo, de la bondad del mundo y de la salvación de la tierra a través de la misericordia de Dios. Puesto que la humildad debe caracterizar el alma de un monje, la simplicidad, caridad, gentileza, ternura y compasión ejemplificarán el desprendimiento de corazón que mantiene libre al eremita y aquello que lo capacita para vivir en el mundo sin ser mundano.


El eremita urbano se esfuerza por renunciar a lo que es mundano (centrarse en sí mismo, ser egoísta, arrogante, aprovechador y falso) para descartar aquellas actitudes de la mente que impiden su comunión con Dios y la armonía con las criaturas de este frágil planeta. El corazón puro del solitario de Dios aprende a regresar al mundo de manera tan frecuente como sea necesario; no como un aventurero que busca placeres o poder material, sino como un crucificado en Cristo, transfigurado por Cristo, reestablecido a la inocencia y santidad de la vida. Gradualmente, el alma del monje –es lo que se espera- se torna transparente, límpido, vacío y rebosante del gozo que solo proviene de Dios.


El Monastic Typicon of New Skete sostiene que:


La oración y la adoración son las mayores preocupaciones de la vida monástica. A través de las celebraciones litúrgicas, los monjes participan de los misterios de la vida y muerte de Cristo, dirigiéndose a las realidades universales de la resurrección y transfiguración (N° 60).


El eremita urbano, en comunión con los monjes y monjas de todos los tiempos y lugares, vive así el misterio pascual del Señor mientras entra a las celebraciones litúrgicas, sea en la liturgia de las horas o en la eucaristía.


El oficio divino establece las horas del día, conduciendo al alma en una espiral mediante la salmodia: elevándola, bajándola, remontándola hacia Dios y regresándola a la tierra. El eremita urbano, trabajando en el mercado del mundo, no pueda darse el lujo de cantar tercia, sexta o nona durante el día. Pero su oración interior nunca ha de cesar, lo acompaña en todas sus acciones, en aquellas labores de interacción social, en todos los momentos y lugares en que somos más libres para entrar profundamente en la oración de la Iglesia.


El eremita urbano intenta celebrar las varias horas del oficio divino del día tanto como le sea posible, pues la vida en el mundo requiere que el monje se ocupe de sus quehaceres sin perder el centro de su vocación. Están ahí prima, laudes, maitines, vísperas, completas. Al menos parte de las horas regulares ha de celebrarlas solo o en su parroquia. En ocasiones, puede que el eremita urbano se una a alguna comunidad religiosa para la observancia de la oración litúrgica.


La sabiduría del desierto es en la actualidad la sabiduría de la ciudad, de la ciudad de Dios. Sería tonto que uno se recargase demasiado intentando trabajar 35-40 horas a la semana fuera de la ermita a la vez que espera completar la liturgia de las horas. Dios no necesita lo imposible. La regla de la fe es simple: hacé lo que es posible; hacé lo que vos podés. Y hacélo lo mejor que puedas, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Concentrá lo mejor de tu existencia en lo que le das a Dios, sin olvidar lo que le das a la gente.


¿Cuál es la diferencia entre el monje canastero del salvaje Egipto, que cada tanto salía a vender sus productos al mercado, y el monje de hoy que trabaja con una computadora en el centro de Manhattan y tiene que ir a Brooklyn o Queens en el tren subterráneo? Lo que importa es el espíritu, el corazón del monje, la sustancia interior. Lo que define a la vocación monástica es la unicidad de su concentración.




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Rev. Cristian (OSB)

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