Iglesia Anglocatólica



Nuestra iglesia: Católica, Apostólica y Anglicana.

La Oración de un Monje Urbano

La oración que es íntima y que se despliega a cada momento, a cada hora, consolida nuestra unión con Dios e impulsa a la conversión de nuestros corazones una y otra vez, haciendo sagrados no solo nuestras pobres y frágiles vidas sino también todo lo que tocamos y todo aquel a quien amamos. El monje es fermento en el mercado y permanece así al apreciar y usar provechosamente el silencio y reclusión de su ermita, aun cuando haya pasado muchas horas fuera de ella.


La liturgia de las horas es, de principio a fin, la mayor celebración del corazón y el centro de la vida monástica. Es el gozo de los cristianos y el alma del monacato. Cantar el oficio divino es entrar una y otra vez en el misterio eterno de Cristo. En cada tiempo litúrgico, sus textos enseñan al corazón, renuevan el espíritu y reúnen a la humanidad con Dios en la persona de Cristo, el único que ama a la humanidad.


En buena medida, el monje puede celebrar la liturgia de las horas en una iglesia abacial junto a la comunidad de hermanas y hermanos, o en la iglesia parroquial en cualquier lugar de la ciudad o del campo en donde viva. Eso no importa. En el centro de la liturgia se halla el pleno significado de la vocación monástica: morir y resucitar con Cristo según la voluntad del Padre respecto a la redención del mundo.


La eucaristía es el alimento de la vida monástica, es su sustento y su gozo. Hallar a un monje a quien no le agrade la liturgia es encontrar un pésimo tipo de monje. Por lo tanto, se debe disponer de tiempo y energía para participar apropiadamente en la celebración de la eucaristía. Ella es el corazón y el centro de la vida monástica. Pacomio y los monjes de la cristiandad oriental celebraban la eucaristía semanalmente, pero el privilegio y la práctica del rito latino la celebra a diario.


Los cantos litúrgicos que circundan a la eucaristía proveen de sustento espiritual para la contemplación. El eremita urbano sale de la iglesia tras haber participado en la liturgia y vuelve a la ciudad, vuelve al lugar oculto de su poustinia llevando la riqueza de la escritura que resonó durante la eucaristía. Sea que se trate de un pequeño departamento en un ocupado complejo habitacional, en un vasto lugar industrial o profesional, el canto y significado de la liturgia de las horas y de la eucaristía permanece con el eremita durante todo el día, todos los días, nutriendo su corazón y su mente con aquello que permanece: el aliento vivo de la vida contemplativa.


Finalmente, el eremita urbano aprende a resguardar la reclusión religiosa y la soledad que proveen la profundidad del silencio y la concentración, indispensables para la vida monástica. La integridad de esta forma de vida y de la constancia personal del monje a esta vocación, surgen de la fuente de silencio y soledad que maduran en la reclusión. Sin embargo, el monje de la ciudad nunca debe convertirse en un eremita preocupado en sí mismo, alguien cuya tendencia al aislamiento surja de la autodecepción, como si el mundo fuese algo contagioso que tiene que evitar a toda costa. Una soledad equilibrada surge de una saludable visión de la realidad. Lo contrario es algo defectuoso.


Vivir en medio del mundo como eremita urbano no es sacrificar o minimizar la cualidad esencial de reclusión y soledad necesarios para la vida contemplativa. Los eremitas urbanos normalmente no son reclusos. Volverse hacia el interior en pro de la contemplación es una disciplina del corazón, no un acto de muros y defensas. Los monjes en todo el mundo tienen que ir y venir mientras aprecian y protegen el santuario interior de la reclusión monástica, elemento esencial de la vida del eremita. Ellos lo realizan al establecer y mantener los límites apropiados.


La hospitalidad y las necesidades sociales son parte de la realidad, esenciales para el equilibrio psicológico y espiritual, ni más ni menos. Ellas, además, tienen que ser armonizadas –como todo lo demás- con la realidad de la vocación del monje citadino. Por sobre todo, el eremita urbano debe aprender a equilibrar su reclusión y su implicancia secular, pues al estar solo le urge comprender lo que constituye una reclusión monástica necesaria en el mundo y lo que constituye el estar afuera.


Los extremos pueden ser mejor abandonados mediante el estudio de los evangelios de Jesucristo. El Señor se retiró para rezar, descansó en el desierto y luego regresó a la ciudad. De igual manera, el monje en el mercado necesita separarse del mundo. Si los monjes de hoy han de ser la sal del mundo, “el monasterio” tiene que ser accesible a todos, de tal manera que ellos –quienes están en el mundo y entran en contacto con la vida monástica- “puedan saborear su vida, su adoración y su mensaje” (Monastic Typicon of New Skete, N°28).


El monje que sale del silencioso santuario de su oculta ermita para ir al centro de la ciudad y caminar entre personas del mundo, lo hace desde la necesidad y generosidad; lo hace para que el mundo saboree y disfrute la vida consagrada, lo que ésta es y significa, invitando al mundo a participar en la adoración y el mensaje de la vocación monástica. No debemos escondernos de la vida sino abrazarla, sumergir cada aspecto de la misma en el misterio de Cristo a medida que adentramos nuestra existencia en la realidad de la pascua; desde el bautismo hasta el día de nuestra vocación. Es así que todo resulta transfigurado por la gracia de Dios y todo el cosmos participa en la transfiguración de Cristo.


Para el eremita urbano esta integración armoniosa de todas las cosas es el centro de la vocación monástica. Es de esa manera exacta que siempre ha sido para la vida monástica a lo largo de toda su historia. Es el punto fijo de un mundo que gira, el lugar en donde Dios y la humanidad se encuentran y en donde el destello de sabiduría brota para iluminar a la tierra.


Aquellos grandes seguidores de san Antonio, padre del monacato egipcio; o de san Benito, quien codificó la vida monástica; o de los muchos que existieron entre éstos, reconocerían en el eremita urbano, en el monje en el mundo, el mismo deseo por Dios que los condujo a ellos a lo largo de su travesía espiritual. Ellos reconocerían el camino, pues es solo uno: abandonarlo todo, abrazarlo todo; lanzarse a un viaje del corazón a través de la oscuridad y de lugares desolados, remotos y salvajes, en el desierto y en la ciudad; lugares en donde la vocación monástica prospera y en donde Dios se reúne con la humanidad en un singular abrazo de amor.



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Rev. Cristian (OSB)

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